¿Dónde estás? ¿Qué quieres? El tiempo subjetivo y el arteterapia (Reisin)

Alejandro Reisin

¿Dónde estás, qué quieres?  Alejandro Reisin

El tiempo subjetivo y el arteterapia

La temática del tiempo ha convocado a filosofos, historiadores, educadores, médicos, antropólogos, artistas, psicólogos… en fin, una infinidad de miradas cuya confluencia en el presente es ineludible; una raíz de motivos, por la que se justifica una in-quietud del pensar. Esta raíz ofrenda múltiples arborescencias que, intensas, se expanden en la presencia de los frutos. 

Del tiempo todos sabemos, porque vivimos en el tiempo, nacemos, transitamos, morimos, armamos recorridos, venimos, vamos, componemos una decisión, ¡nos descomponemos con lo decidido! todos somos conocedores del tiempo y, a la vez… ¡nos es totalmente desconocido!

Este trabajo intenta articular la dimensión subjetiva del hacer en el accionar arteterapéutico desde la mirada intensa de la presencia, del presente. 

En la juntura que subjetivamente podemos aprehender entre tiempo y espacio, la potencia de saberse dónde se está y saber qué es lo que uno quiere, implica una percepción y una representación del campo, un registro de devenir y de trayecto, una modalidad de elección de movimiento y un protagonismo indelegable de responsabilidad. 

Así, si uno “no sabe dónde está”, está “perdido”. Precisará entonces de referencias que lo guíen y de herramientas conceptuales para decodificarlas. En una lógica causal, podremos pensar que una vez que sabemos dónde estamos, podremos ir en busca de lo que queremos. Sino, es como pretender soluciones sin haberse planteado problemas, lo cual a veces puede tornarse muy peligroso, sobre todo cuando uno produce los problemas, justamente con la modalidad de procura de soluciones. Véase como ejemplo, un adulto que agresivamente sacude a un niño para que éste se relaje. 

También puede darse el caso de querer saber lo que uno quiere, pero que sea inadecuado desde el punto de vista contextual o socio histórico. Por ejemplo, un artista que quisiera tener a un príncipe de mecenas, o un hombre que quisiera poder contraer matrimonio con una cantante de otro tiempo, ya fallecida.

La enorme síntesis que conllevan estas dos preguntas sobre dónde se está y qué propugna el deseo, no le quitan profundidad ni complejidad; tampoco la reducen a puras cuestiones existenciales. Hay corrientes psicoterapéuticas que proponen la aceptación de lo dado y que encuentran en la no aceptación (de los vínculos, las realidades materiales, etc.) las causas de los conflictos. Otras intentan instruir al sujeto de cómo debe adecuarse a dónde está (contextos sociales, situaciones vinculares, exigencias, modas, etc.). Si entendemos lo poderoso de lo simbólico como constitutivo de lo humano y a lo singular como derecho de cada cual de vivir en el mundo desde su particular manera-abordaje-representación, estaremos enfocando otro recorrido terapéutico.

Asimismo podemos considerar corrientes educativas que se apoyan en el transcurso del tiempo como aquella por la cual, por extensión y repetición, el aprendizaje debería darse, y otras que entienden que la captación de significado se da por la relación que puede obtenerse al articular diferentes registros simbólicos.

Lejos de quedar simplemente a merced de los oleajes de los devenires, parte de aquello que nos pasa tiene que ver con lo que nosotros hacemos en ese transito, en ese caminar por el tiempo; el tiempo está, así como está el espacio. Si el espacio no se mueve alrededor de nuestro andar, sino que es nuestro el pasaje por las distancias, ¿qué representación podríamos hacer del tiempo si no fuera éste el que discurre (siendo tiempo-espacio, una unidad indisoluble)? 

A la vez y paradojicamente, el espacio se mueve y el tiempo se queda quieto…

El tiempo no está solamente contabilizado como una línea – flecha; el tiempo no es liso, porque hay semanas de la vida de uno que perduran toda la vida y hay años de la vida de uno que se pasaron como un suspiro, sin haberlo advertido.

Las cualidades del tránsito incitan a ver de qué maneras cada uno tiene su registro del tiempo, de las cuentas, de los ciclos. Si el tiempo es representado como cíclico, circular, habría que esperar el próximo retorno, ya que, de alguna manera, sabemos por dónde va a venir (a raíz de tener que cumplir su ciclo): garantía de certidumbre. Es la claridad de la incertidumbre la que solicita la presencia del pasar.

Entonces, el desafío es de qué manera nos podemos sorprender, hacer otra cosa con la extensión del tiempo (sea ésta recta o curva), con la intensidad del tiempo, cómo poder morar, habitar; cómo poder demorar, para estar presentes. Demora no es retraso, porque en el retraso estamos calculando: el punto de llegada, el pasarnos, el adelantarnos, el atrasarnos…

La virtud del hacer en integración con el pensar y el sentir, requieren de ese accionar del acto pleno, lleno, de pura presencia, donde lo que aparece es manifestación del ser. Algo así como forma y contenido se hallan enlazados (sentido etimológico de <símbolo>). Hacer y Ser. 

Entre estos actos, evidentemente es el arte uno de los que sintetizan lo simbólico y portan en sí, la marca del hacer subjetivo sobre el objeto.

Aquí podemos visualizar la relación con el proceso de arteterapia que se sostiene y emerge desde la singularidad simbólica de cada ser, en los trayectos – procesos que habilita el hacer. 

Ese particular hacer arteterapéutico se da en un tiempo y en un lugar, suele estar mediado por objetos y se construye en un vínculo entre sujetos.

Se producen, se crean, se representan, se perciben, se sienten, se piensan, se comunican, innumerables condiciones simbolizantes, metafóricas, expresivas.

Lo simbólico refiere a que “forma y contenido se arrojan juntos”, lo metafórico, a que lo que aparece refiere a otra cosa (más allá) y lo expresivo a una disposición propia de los seres vivos de manifestar estados interiores. 

Si agregamos a esto la comunicación (entendida como comportamiento) el fin y el medio se entraman vincularmente.

Pensar las representaciones como formas que remiten a contenidos, nos impulsa a contactar tanto con los diversos formatos que lo habilitan (al contenido) como a los mismos decires del formato propiamente dicho (véase como ejemplo, una flor realizada con pedazos de carne cruda como pétalos). Los contenidos a su vez, dan voz a otros decires, que se encuentran entramados con multiplicidades asociativas y simbólicas, todas ellas subjetivas, singulares, contextuales e historizantes. 

Resulta necesario además vislumbrar el sentido de aquello que las representaciones remiten: a las presentaciones, las presencias, las ausencias, al presente y a los entes, no desde un estudio científico positivista y riguroso sobre qué es el presente, sino, osadamente, poéticamente, para apreciar ante qué se está, en presencia de qué se está. 

Cómo, de qué manera estamos presentes ante eso que se hace presentes ante nosotros. 

Nuestro estar en el hacer arteterapéutico, el sujeto y el objeto que nos representa algo de lo que hemos sido creadores y en el que hemos estado presentes. A la vez, el movimiento de producción es impulsado por alguna instancia de ausencia, que convoca nuestro hacer en pos de un recupero inimaginado, quizás, incognoscible.

Esas representaciones pueden tomar cuerpo en el movimiento, en el sonido, en el color, en la imagen, en la palabra y expresarse en los lenguajes artísticos diversos, la danza, la música, la plástica, el teatro, la poesía…

Es entonces en la producción de este hacer significante, vincular, en eso que aparece en ese presente (de después o de antes), el trabajo de la pregunta de ¿cómo se significa, cómo anudamos, cómo hilamos, cómo armamos un tejido, una historia (del gr.hystós:  trama tejido)? 

Nos han enseñado que la historia era una línea que empezaba en algún punto y terminaba más allá de él (en las horas, en los años), mas si lo entendemos como un tejido de innumerables hilos de sentidos entramados y, que esa trama tiene un revés, un ir y un venir, tiene lazos, tiene nudos; muestra y oculta lo temporal de la historia, conforma un espacio de lo histórico, a recorrer.

Cuando uno hace una historia, historiza, arma un tejido; después con un trabajo psíquico, con esos mismos hilos se puede hacer otro tejido y armar otra historia, historizar otra cosa, y por tanto, tener otro presente, ser con otras presencias. 

Entonces, el presente ¿dónde está? El presente ¿es algo que se escapa continuamente, es efimero? ¿Tiene que ver con el instante que está continuamente yéndose, entonces, -presos del pánico-, estamos tratando de captarlo todo el tiempo, en una lucha desesperada, sin distinguir enemigos ni territorios?  

¿Qué presencia es esa? ¿Qué ausencia nuestra habilita no estar en ese presente?

Las preguntas miran el sentido y la manera de poder habitar el presente, como si fuera un habitáculo, un espacio. De qué manera poder estar presentes, estar aquí, estar ahora… La palabra instante (del lat. instare) significa, “allí donde está uno parado, donde tiene los pies”. Entonces, las preguntas “dónde estás” (parado) y “qué quieres” (hacia dónde vas a impulsar tus pies) refieren a la presencia de la instancia del estar del instante.

En estos impactos de armar tejido, la inmanencia de lo instantáneo y la permanencia del  instante, la pregunta es ¿de qué manera transformar esa instantaneidad que se escabulle (como la vida misma), cómo transformar eso, en una gran instancia? 

En este pensar y repensar un espacio-instancia de amplificar en extensión, en intención, en el jugar con las velocidades, con las duraciones, con las detenciones, con los avances, las preguntas le dan ritmo y relieve a la inquietud.

Este juego reversible de la trama del tiempo, del espacio de lo presente y las formas de lo representado, habilita a jugar con ¿dónde ubicamos el pasado, dónde el futuro…?  Historizar, armar trama, otorgar nuevos sentidos, enlazar lejanías, acercar lógicas, distanciar aconteceres, limitar lo borroso y borrar las limitaciones. 

Juego en el que podemos protagonizar la espacialidad del tiempo según la intensidad que tenga en la singularidad de las extensiones de nuestro devenir.

Las ubicaciones que producimos, arman otros escenarios y el armado de otros contextos -escenarios- nos jala nuevas representaciones. Poder ir hacia esos tiempos como si se tratara de espacios, donde eso “ya pasado” y eso “a pasar”, lo pudiéramos posicionar hacia un lado, hacia el otro, hacia arriba, hacia abajo…, desplegando nuestra autoría en las distancias de las cosas, en las proximidades de las intensidades… y fuera en ese juego donde esté lo poético de cada cual. 

El arteterapia le da un posible marco a esos viajes por los tiempos-espacios, jugando creativamente con la posibilidad de adueñarnos del tejido vital simbólico que protagonizamos en la vida. Sin duda que el hacer artístico tiene también esta posibilidad; lo que nos atañe supone una vincularidad de un hacer con otro cuya función habilita una transformación subjetiva, andamiada por el operar de los objetos arteterapéuticos. 

Retornamos así al arteterapia como dispositivo que brinda sentidos en los accionares metafóricos, simbólicos, expresivos. Contrapunto de emociones, gestos y colores, escenas y sonidos cuyas raíces interpenetran los fondos de nuestras almas, alimentándose con sus nutrientes, llevándoles el agua del amor vincular.

Los puntos que se trazan arteterapéuticamente en los recorridos historizantes, ¿dónde empiezan, dónde terminan? Las imágenes poetizantes diagraman trayectos donde después algo sigue existiendo aunque aquéllas estén finalizadas.

¿Cómo se entrelazan las manifestaciones simbólicas en aquello que uno está viviendo? A través de los lenguajes artísticos, lo pasado, aunque no esté presente, se presentifica sin permiso. 

¿Dónde estás, qué quieres? son coordenadas que refieren al espacio y al tiempo, que inquieren cómo trazar, inventar una trayectoria. Ese movimiento se justifica al estar originado por el deseo: esa fuerza, ese motor que nos mueve por las cosas y los otros. 

Podríamos ubicar una tercer pregunta ¿Cómo te está yendo en este recorrido?  Es decir, cómo es vivido este andar ¿es tedioso, es apacible? La cualidad del andar es parte del andar mismo, ya que no se trata exclusivamente de puntos de partida o de llegada a los que arribar, sino de los procesos subjetivos de transitar por los caminos. Claves singulares en las que se encuentran cualidades del vivir. 

Claro resulta que las preguntas no están completas, son solo intentos que apenas rodean el tiempo, el espacio. Una de ellas es, ¿cómo se vive subjetivamente el tejido del tiempo, desde la visión, desde la experiencia, desde el entendimiento lógico? ¿cómo vivencia cada uno su tiempo, el tiempo de los otros, el tiempo propio?

Otra zona de preguntas, enlazadas con la responsabilidad, es ¿de qué manera podemos ser protagonistas de crear eso que nos va a pasar? No se trata de tener garantías de (creer) saber que eso nos vaya a pasar. La idea del protagonismo es que -en verdad-, cada uno vive una vida y su vida, no vive la vida del otro; si vive la vida de otro, tiene que encontrar sus preguntas ¿Dónde estás, qué quieres? Obviamente la vida de uno no es una capsula desconectada de la vida de otros, pero definitivamente la vida de uno, no es la vida de otros.

Y otra de las preguntas está articulada con las dimensiones del tiempo del hacer, del obrar, esas relaciones de que uno hace, con cómo uno hace, para qué uno hace, dónde uno hace. Esa relacion del sujeto con la cosa, es una relacion complicada, porque a veces, de la cosa vuelve algo que es distinto de lo que uno quería. 

El tiempo que “está viniendo”, está fuera de un cálculo, de una cuenta, de los cuándo, es entonces, una aventura. ¡Qué rara combinación la del tiempo que protege tanto y a la vez sea tan indiferente…! 

En una coincidencia atemporal del saber previo y el ser sorpendidos, sabemos e ignoramos a la vez sobre el tiempo. ¿Será acaso necesario mantener la paradoja para la conciencia del existir? El saber más indiferente para con la vida, es el de la muerte.

Pero si hay una precisión del tiempo y es la de la muerte misma, la mayor diferencia queda del lado de la vida.

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